lunes, 29 de enero de 2007

Gran cabeceador


De la victoria histórica de la selección de Perú sobre la de Uruguay en el Estadio Centenario de Montevideo, en 1981, aún se discute el gol ilícito de descuento marcado por el charrúa Waldemar Barreto Victorino (Montevideo, 1952), goleador en ese año del Club Nacional de la capital del país oriental. Victorino comenzó en Cerro, en 1969, y luego pasó a Progreso, en 1974. En 1975, ingresó a River Plate de Montevideo, donde jugó tres temporadas. Nacional lo fichó en 1978 y un año después, en 1979, se erigió como máximo realizador del Campeonato al anotar 19 tantos. En 1980, en la final de la Copa Libertadores contra Internacional de Porto Alegre, en Montevideo, anotó de certero cabezazo el único y definitivo gol que le dio el título al bolso. En 1981, hizo el gol triunfal sobre Nottingham Forest en la final de la Copa Intercontinental. Fue también máximo realizador de la Copa Libertadores de 1980, con seis tantos. Con la selección celeste debutó en 1976 y con ella se proclamó campeón de la Copa de Oro de selecciones campeonas del mundo en 1980; anotó un gol decisivo en la final ante Brasil. Tras haber triunfado plenamente en Nacional pasó a Deportivo Cali, para luego regresar a Nacional y pasar fugazmente por Cagliari de Italia. Después recaló en Newell’s Old Boys (1983-1984) y, posteriormente, en Colón de Santa Fe. Se marchó a la Liga Deportiva de Portoviejo de Ecuador, en 1987, y llegó a jugar en el fútbol peruano por Sport Boys de El Callao y Defensor Lima. En 1991, ya con 38 años encima y al borde del retiro, recibió una oferta de Deportivo AELU de Pueblo Libre, que le adelantó 30 mil dólares luego de firmar el contrato. Victorino, tras cerrar el acuerdo, volvió a su país, y se comprometió a regresar para defender al equipo verde, pero no cumplió su palabra. Por eso, luego de que esta historia ensuciara el final de su carrera, pocos recuerdan con gratitud al delantero centro de un metro 72 centímetros, inteligente, que sabía buscar los espacios y aprovechaba al máximo las ocasiones que se le presentaban, como la de dejar tirando cintura a los inocentes niseis.